de ciega nada

LA GALLINA CIEGA está constituida por artistas vivos pertenecientes a varias disciplinas de la creación, fundamentalmente pintura, escultura y fotografía. Su ámbito exclusivo es el del arte contemporáneo, entendiendo como tal el que se realiza en nuestro presente, independientemente de la generación a la que pertenezcan sus artífices. Su objetivo es mostrar y hacer evidente el arte actual de verdadera calidad, desde criterios propios de independencia intelectual y pensamiento comprometido, fundamentado y objetivable.
El proyecto está realizado íntegramente por artistas que persiguen aglutinar obras de alto nivel con nuevos planteamientos, sirviendo como vehículo para estos fines las exposiciones, publicaciones, jornadas culturales de debate y, en último término, la materialización de espacios expositivos idóneos para la exhibición permanente del arte contemporáneo. Junto a los autores más conocidos, escogidos por su calidad, se presentarán otros de calidad análoga, que, por distintos motivos, no han cosechado hasta hoy la misma notoriedad que los primeros.
Alertados ante la crisis actual que sufren los planteamientos teóricos que constituyen el eje del pensamiento estético que sustentó el inició de la modernidad y su desarrollo posterior, la Gallina Ciega propiciará el debate de aquellos aspectos que exigen una revisión urgente, buscando, a la luz de sus conclusiones, un posicionamiento final coherente.
Uno de estos puntos de debate se centra en el análisis de los criterios valorativos del arte contemporáneo, en especial de aquéllos que han otorgado a la novedad y la originalidad la consideración de condiciones suficientes para garantizar la bondad de la obra, por encima de la concepción o la realización. Ello significa olvidar e ignorar la complejidad que muchas veces es consustancial a dicha realización, materializada en un ejercicio de gran virtuosismo mental, tan alejado de procesos artesanales o mecánicos.
También interesa la revisión del neoprimitivismo, consustancial a gran parte de las vanguardias históricas que reaccionaron, frente al agónico virtuosismo de sus predecesores, proclamando una especie de vuelta a los orígenes y a su rudeza elemental.
De este neoprimitivismo surgió un continuado elogio de la torpeza como sinónimo de autenticidad y profundidad creativa, lo que exigió, entre otras cosas, el repudio sistemático del arte inmediatamente anterior, muy especialmente del Naturalismo, que en su etapa última se solapó con los primeros movimientos de ruptura. Estos ejes fundamentales han pervivido hasta hoy de forma traumática y enquistada, explicando, en cierta forma, la escasa valoración de que todavía goza, en pleno siglo XXI, el arte de finales del XIX.
De esta radical actitud, quizá necesaria en sus comienzos, se ha elevado a los altares una manera de hacer historia del arte que tiende a la diferenciación de dos grandes bloques antagónicos: lo “clásico” y lo “moderno”, como si lo hecho en un siglo de vanguardias tuviera la misma entidad que todo lo anterior junto. Bien es cierto que todas las épocas han ejercido la soberbia propia de su vanguardia, pero el siglo XX ha sido en este aspecto un ejemplo inusitado de vehemencia y ferocidad.
Otra temática esencial es la que se refiere a los mecanismos que tiene nuestro sistema actual para encumbrar a un artífice, una obra o un movimiento artístico, lo que lleva implícito el planteamiento interrogante de si tales procedimientos son legítimos o éticamente procedentes. Cierto es que en todas las épocas un inconsciente colectivo de elite, integrado por mentes capacitadas y sensibles, sin conexión física muchas veces entre ellas, ha dictaminado preponderancias de unos artistas sobre otros, creando mitos y olvidos plenamente justificados.
Pero también es cierto que buena parte de esas mentes han pertenecido a los propios artistas y creadores, los cuales, desde la propia experiencia y la emoción, han emitido juicios fiables. El escenario actual incorporó hace tiempo una variable peligrosa y propicia a sacrificar los valores al imperio de lo económico: la del mercado y sus agentes.
Esta situación ha creado grupos cerrados de poder, integrados en muchas ocasiones por falsos artistas e intelectuales, críticos y galeristas, marchantes y comisarios de grandes eventos, políticos y gestores culturales, todos ellos con capacidad suficiente de regir los destinos de las distintas administraciones culturales; y éstas, en último término, son las que tienen capacidad de oficializar unarte o un artista, catapultándolo a los laureles de la historia.
Semejante actividad ha propiciado el fin de los mecenazgos, al tiempo que ha otorgado bendiciones, mediante sofisticados y vacíos discursos de fingida profundidad, para “artistas” sin calidad que, desgraciadamente, hoy llenan museos de arte contemporáneo, junto a otros –por qué no decirlo– de estupenda y probada calidad.
La confusión generada y la relativización de todos los criterios bajo el imperio de la célebre máxima del “todo vale”, ha secado el entendimiento y la capacidad crítica de los contempladores de arte, aturdidos por tanta pirotecnia.
En este contexto, La Gallina Ciega pretende demostrar que, en todas las tendencias, existe un arte contemporáneo de enorme calidad, oculto en buena medida hasta hoy. Esta labor de ocultación se deja sentir últimamente con más virulencia en procedimientos tradicionales como la pintura, mientras otras formas de expresión más recientes en el tiempo, como la fotografía, viven una época de reconocimiento y esplendor. Quizá, por ello, sea esta modalidad lo más interesante de la escena oficialista del arte de hoy.
Otro tema importante de reflexión es el de los Museos de Arte contemporáneo, su creación y contenidos. Desde un punto de vista convencional, un museo ha de presentar los ejemplos de mayor calidad que definan el talento creador e intelectual del ser humano. Y la calidad viene definida, en cierta forma, por el aplauso histórico que hayan recibido las obras, aceptando que es la Historia quien coloca las cosas en el sitio que le corresponden, lo cual, probablemente, sea mucho suponer, hasta el punto de acabar constituyendo una verdadera falacia.
Digamos, no obstante, que por lo menos se requiere el aplauso de la elite de creadores e intelectuales antes mencionada, que no debiera estar condicionada por los intereses especulativos del comercio. Y éste es el problema de los museos de nueva creación, que son indisolubles de estos intereses y otros estrictamente derivados de la sociedad de masas, a saber: la trivialización de los contenidos y la incorporación del consumismo- espectáculo, lúdico y divertido.
El ejemplo extremo es el del museo sin colección permanente, que funciona como contenedor de eventos culturales de carácter macro-social y de exposiciones grandilocuentes, de amplia resonancia mediática y escaso interés objetivo. Esta tumoración salpica a las instituciones museísticas estables, que han de plegarse al objetivo de llenar sus salas de público a costa de lo que sea, ora programando exposiciones y eventos ajenos a su discurso museológico, ora realizando cenas o comidas de empresa junto a las obras expuestas.
Pero el alcance y trascendencia de esta problemática es aún mayor si se consideran las enormes carencias culturales de unas sociedades, desarrolladas y democráticas, en las que no se ha sabido articular medidas para garantizar la culturización de la masa poblacional desde los sistemas educativos. El efecto producido ha sido el contrario, esto es: la vulgarización de la Cultura y el Arte a todos los niveles, plegándose a los intereses de la sociedad de masas, como el consumismo, la búsqueda del bienestar físico y la parálisis de todo pensamiento y talante crítico.
No se ha conocido sociedad como la nuestra, donde, estando la información cultural y la sabiduría al más inmediato alcance de la mano, precisamente la cultura interese, a nivel general, menos que nunca. El problema es si el arte ha de dar respuesta a la sociedad de masas, o si por el contrario, ha de ocupar la parcela de elite que antaño ocupó, de manera que sea la sociedad quien haga un esfuerzo, auspiciado desde las instituciones democráticas, por auparse al conocimiento y placer que la Cultura con mayúsculas propicia.


La Gallina Ciega